Anestesiada, los surcos de sangre inundan mi piel y mis ropas sin que yo sienta nada. La herida es tan profunda que puedo entrever un hueso de mi antebrazo bajo los músculos y la grasa. Está bien así. Me rasco la nariz pensando en qué puedo cocinar. Tengo hambre. El gato se acerca curioso y mordisquea mi herida. Le agarro por el pescuezo y le lanzo sin ganas contra la pared. Ahora también tengo arañazos en la cara. Está bien así. Bostezo. Realizo un esfuerzo considerable por levantarme del sofá mientras una fétida ventosidad se me escapa por el agujero del ano. En ese instante, en medio de mis gases, de pie y sobre un charco de sangre, me doy cuenta del sinsentido de mi vida.
lunes, agosto 04, 2008
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